SociedadNo es que no colabore: es que tiene miedo. Discapacidad grave, hospitales y esa distancia que también duele
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Para todos es difícil enfrentarse a la enfermedad.

Cualquier persona que entra en un hospital siente miedo, incertidumbre, falta de información, preocupación por lo que le harán, por lo que le dirán, por cómo se sentirá después de una prueba, de una intervención o de un ingreso. La enfermedad tambalea nuestros días más inmediatos. Nos vuelve frágiles. Nos coloca ante preguntas que no siempre sabemos formular.

Afortunadamente, muchas de esas dudas se alivian cuando encontramos buenos profesionales. Un médico que explica. Una enfermera que tranquiliza. Una auxiliar que cuida. Un celador que acompaña. Un profesional que informa con claridad, que responde, que transmite seguridad. Entonces el hospital, sin dejar de ser un lugar difícil, se vuelve un entorno más habitable.

Ahora traslademos todo eso a una persona con discapacidad grave.

A alguien que quizá no habla. Que quizá no comprende lo que ocurre. Que no puede preguntar qué le van a hacer. Que no puede explicar dónde le duele. Que no sabe por qué le han sacado de su casa, de su centro, de sus rutinas, de sus voces conocidas. Que se encuentra de pronto bajo luces extrañas, entre ruidos, batas, camillas, manos desconocidas, órdenes rápidas y espacios donde sus referencias habituales desaparecen.

Nuestros hijos y demás personas con discapacidad grave conocen demasiado pronto los pasillos de los hospitales.

Su vida, muchas veces, no transcurre solo entre la casa, el centro, la familia o la calle. Transcurre también entre consultas, urgencias, quirófanos, ingresos, pruebas, anestesias, sondas, sueros, camillas y monitores. Algunas personas con discapacidad grave necesitan atención médica con mucha frecuencia. Sufren intervenciones quirúrgicas, exploraciones difíciles, pruebas incómodas, revisiones constantes, ingresos inesperados.

Muchas no pueden explicar con palabras su malestar. La situación les asusta, les incomoda, no saben que necesitan. Sus familias aprenden a leer gestos mínimos: una tensión en la mano, una forma distinta de respirar, una rigidez, un sonido, una mirada, o un silencio.

Hay que decirlo desde el principio: gracias al personal sanitario, muchas de estas personas conservan la vida. Y no solo la vida biológica, sino también una parte esencial de su calidad de vida.

Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, anestesistas, técnicos y tantos profesionales sostienen cada día situaciones muy difíciles. Muchas familias hemos encontrado profesionales competentes, atentos, amables, pacientes y cuidadosos. Personas que miran al paciente antes que al diagnóstico. Que explican lo que van a hacer. Que preguntan cómo se comunica. Que escuchan a la familia. Que saben que una persona que no habla también necesita ser tratada con respeto.

A esos profesionales les debemos mucho.

Pero precisamente por eso, porque sabemos cuánto importa su trabajo, también debemos atrevernos a hablar de las otras escenas.

Las escenas que duelen.

Duele cuando el profesional entra en la consulta y saluda solo a los padres, como si el paciente no estuviera allí.

Duele cuando la persona con discapacidad va acompañada por familiares que relatan el motivo de la consulta y reciben la información médica, mientras el facultativo apenas percibe de reojo que allí está el verdadero protagonista de la enfermedad.

Duele cuando se habla de él en tercera persona delante de él: “¿Qué le pasa?”, “¿entiende algo?”, “¿colabora?”, “¿se deja tocar?”.

Duele cuando se le mueve sin avisar, cuando se le coge un brazo con prisa, cuando se le tumba en una camilla como si su miedo fuera una molestia, cuando se interpreta su resistencia como mala conducta y no como angustia.

Duele cuando alguien dice: “Así no se puede”.

Y sí se puede.

Se puede de otra manera.

Se puede entrando más despacio. Se puede diciendo su nombre. Se puede acercando primero la voz y después la mano. Se puede explicando lo que va a ocurrir aunque parezca que no entiende. Se puede preguntando al padre, a la madre, a la hermana o al cuidador cómo conviene hacerlo. Se puede permitir que quien lo conoce esté cerca. Se puede vencer una resistencia no con fuerza, sino con paciencia.

Porque muchas veces la persona con discapacidad grave no se resiste por capricho. Se resiste porque tiene miedo. Porque está fuera de su mundo. Porque las luces, los ruidos, los olores, las manos desconocidas y las órdenes rápidas forman un territorio amenazante. Porque no comprende por qué lo separan de quien le da seguridad. Porque su cuerpo se defiende antes de que nadie haya conseguido tranquilizarlo.

En esos momentos se juega mucho más que una prueba médica.

Se juega la dignidad.

Hay una escena que muchas familias reconocen.

Un joven con discapacidad grave espera en una camilla. No habla. Está inquieto. Su padre intenta explicarle al profesional:

—Si me deja un momento, yo lo calmo. Le asusta que lo cojan de golpe.

Pero hay prisa. Hay más pacientes. Hay retraso. La sala no espera.

—Será solo un momento.

El joven aprieta las manos, gira la cara, encoge el cuerpo. Alguien intenta sujetarlo. Alguien se impacienta. Alguien mira el reloj. Alguien dice una frase que quizá no quiere hacer daño, pero lo hace:

—Es que no colabora.

Y el padre, o esa hermana que lleva años cuidándolo, sabe que esa frase no es justa.

No es que no colabore.

Es que no puede comprender.

No es que no quiera.

Es que está asustado.

No es que sobre el tiempo que se le dedica.

Es que, para hacerlo bien, necesita otro tiempo.

A veces el dolor de los familiares nace de ahí, de ver que su hijo queda reducido a dificultad, a retraso, a cuerpo complicado, a paciente que entorpece el ritmo previsto. Y uno piensa: si pudiera comprender plenamente lo que está ocurriendo, también le dolería.

Le dolería que no le hablaran.

Le dolería que no le miraran.

Le dolería que todos decidieran sobre su cuerpo sin hacerle sentir que sigue siendo alguien.

Otra escena especialmente dolorosa aparece durante los ingresos hospitalarios. Las prisas, las rutinas, la acumulación de tareas o la falta de formación hacen que, a veces, la atención al paciente con discapacidad se realice sin respetar suficientemente su intimidad.

Se cambia una postura sin cubrirlo bien. Se realiza una cura sin preparar la escena. Se manipula su cuerpo mientras entran y salen personas. Se habla alrededor de él como si no tuviera pudor, como si no pudiera sentir vergüenza, como si su discapacidad anulara su derecho a la reserva.

Y si el familiar interviene, si intenta advertir que esa persona también siente, también se asusta, también necesita intimidad, la respuesta puede ser:

—Tardamos solo un momento.

Claro. El mismo momento que con los demás pacientes.

Pero de distinta manera.

Y esa diferencia es inaceptable.

Porque una persona con discapacidad grave tiene idéntico derecho a la intimidad, al pudor y al respeto que cualquier otro paciente. Lo exprese como pueda. O aunque no pueda expresarlo. Aunque su miedo no tenga palabras. Aunque su vergüenza no pueda formularse. Aunque su inseguridad aparezca solo en un gesto, en una tensión corporal o en una resistencia que alguien interpreta mal.

La dignidad no depende de la capacidad de explicarla.

También duele cuando se separa automáticamente al paciente de su cuidador.

En muchos espacios sanitarios hay normas que limitan el paso de acompañantes. Es comprensible que existan razones clínicas, higiénicas u organizativas. Pero en el caso de una persona con discapacidad grave, el padre, la madre, un hermano, una hermana o el cuidador habitual no son una visita cualquiera.

Son su intérprete.

Son su seguridad.

Son quienes saben si un gesto significa dolor, si un sonido anuncia miedo, si una postura le molesta, si una aparente calma es en realidad agotamiento. Son quienes pueden evitar una crisis, facilitar una exploración o reducir la necesidad de sujetar.

Separar automáticamente a estas personas de su cuidador puede empeorar la situación. Puede aumentar el miedo del paciente y dificultar el trabajo sanitario. No se trata de invadir el espacio profesional. Se trata de entender que, en algunos casos, el acompañante forma parte del cuidado.

También duele la infantilización.

Hay personas con discapacidad grave que son tratadas como niños aunque tengan veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años. Se les habla con diminutivos, con un tono excesivamente aniñado, con expresiones que quizá pretenden ser cariñosas pero terminan borrando su edad adulta.

La ternura es necesaria.

La condescendencia, no.

Una persona puede no hablar y ser adulta. Puede necesitar ayuda para comer y ser adulta. Puede llevar pañal y ser adulta. Puede no comprender una explicación médica compleja y seguir mereciendo que se le trate como alguien presente, no como un niño eterno ni como un cuerpo sin biografía.

La dignidad se pierde o se protege en detalles pequeños.

Se pierde cuando nadie le dirige la palabra, cuando se habla de él como si no estuviera delante, cuando se le mueve sin avisar.

Se pierde cuando se confunde su miedo con mala conducta, cuando se llama “pobrecito” a quien merece respeto, cuando no se cuida su intimidad porque parece que no puede reclamarla.

Pero también se protege en detalles pequeños.

Cuando alguien dice su nombre. Cuando una enfermera le explica: “Ahora te voy a mover un poquito”. Cuando un médico pregunta: “¿Cómo expresa el dolor?”. Cuando un celador empuja la camilla con cuidado, no como quien traslada un objeto. Cuando un anestesista permite que la madre esté unos minutos más porque entiende que esa presencia ayuda. Cuando una auxiliar tapa su cuerpo con delicadeza. Cuando alguien reconoce “lo has hecho muy bien”.

Esos gestos no son adornos sentimentales. Forman parte de la calidad asistencial.

Conviene también hacerse otra pregunta. ¿Qué les ocurre a algunos profesionales ante una persona con discapacidad grave? ¿Sienten inseguridad? ¿Temen equivocarse porque el diagnóstico puede ser más difícil? ¿Les falta información sobre cómo explorar a alguien que no responde de forma convencional? ¿Saben cómo actuar cuando el paciente se resiste, se bloquea, se asusta o no comprende?

No siempre hay mala voluntad. A veces hay desconocimiento. A veces hay miedo profesional. A veces hay falta de entrenamiento.

A veces hay una rutina sanitaria pensada para pacientes que hablan, comprenden, obedecen instrucciones y pueden explicar lo que sienten. Pero esa rutina se rompe ante una persona con grandes necesidades de apoyo. Y cuando la rutina se rompe, si no hay formación, aparece la prisa, la incomodidad, la torpeza o la distancia.

Por eso no basta con confiar en la buena voluntad de cada profesional. La buena voluntad es preciosa y precisa, pero no puede ser el único criterio. La atención digna a personas con discapacidad grave necesita formación específica.

Formación para comunicarse con quien no habla. Formación para no confundir resistencia con desobediencia. Formación para explorar sin violencia. Formación para adaptar tiempos y espacios. Formación para comprender el papel del cuidador. Formación para respetar la intimidad en cada cura, aseo, exploración o traslado. Formación para no infantilizar. Formación para dirigirse siempre al paciente, aunque la información médica tenga que completarse con la familia.

Tal vez en los estudios sanitarios debería existir una asignatura seria sobre atención a personas con discapacidad grave y grandes necesidades de apoyo. No una charla decorativa sobre empatía. No una recomendación general sobre “ser amables”. Una formación real, práctica, evaluable, construida con profesionales, familias, entidades de discapacidad y, cuando sea posible, personas con discapacidad capaces de contar su experiencia.

Y esa formación no debería dirigirse solo al personal médico. También al personal de enfermería, auxiliares, celadores, técnicos, personal de urgencias, admisión, quirófano, radiología, rehabilitación y hospitalización. Porque muchas veces la experiencia del paciente no depende únicamente del diagnóstico o de la intervención, sino de la suma de gestos que recibe desde que entra por la puerta hasta que vuelve a casa.

Atender bien no es solo curar.

Atender bien es saber estar ante alguien que quizá no puede pedir, protestar, agradecer ni explicar su miedo.

Y cuando esa persona ingresa en un hospital, no entra sola. Entra con ella una familia entera. Entra una madre que lleva años durmiendo mal. Entra un padre que sabe interpretar cada gesto, pero teme no ser escuchado. Entra una hermana que empieza a preguntarse qué ocurrirá cuando falte ella misma. Entra una historia de cuidados, cansancio, pequeñas victorias, angustia y amor.

Escuchar a esa familia no debilita la autoridad sanitaria.

La mejora.

Este texto no nace contra los profesionales de la salud. Nace desde el agradecimiento a quienes tantas veces salvan, curan, alivian y acompañan. Muchas familias sabemos que nuestros hijos viven gracias a la medicina y gracias a personas concretas que un día estuvieron allí, con ciencia, con decisión y con humanidad.

Pero también nace desde el dolor de quienes han visto escenas que no deberían repetirse.

Escenas en las que el paciente no fue mirado. Escenas en las que el cuidador no fue escuchado. Escenas en las que la intimidad quedó en segundo plano. Escenas en las que la prisa ocupó el lugar de la delicadeza. Escenas en las que alguien vulnerable fue tratado como un cuerpo difícil y no como una persona asustada.

A veces las familias, después de una intervención, de un ingreso o de una mala experiencia, sienten la necesidad de escribir, denunciar, felicitar cuando corresponde, dejar constancia en atención al paciente, acompañar a otros, asesorar desde la experiencia. Pero no siempre pueden hacerlo con serenidad. La carga emocional es enorme. Hay heridas que tardan en poder nombrarse sin ira.

Por eso hace falta que esta reflexión no dependa solo de la fuerza de las familias. Debe entrar en la formación, en los protocolos, en las rutinas hospitalarias, en la cultura profesional.

La ciencia, cuando se acerca a una persona profundamente vulnerable, necesita algo más que precisión técnica.

Necesita mirada. Necesita paciencia. Necesita inteligencia emocional. Necesita formación. Necesita comprender que una persona con discapacidad grave no vale menos porque necesite más ayuda.

Quizá la calidad moral de un sistema sanitario se mide en esos momentos silenciosos en los que se atiende a quien no puede reclamar. En una sala de urgencias. En una camilla. En un pasillo. Antes de una anestesia. Durante una exploración difícil. En una habitación de hospital, cuando alguien decide si cubre o no cubre bien un cuerpo vulnerable. En ese instante en que un profesional puede elegir entre hacer la tarea deprisa o hacerla humanamente bien.

Ahí la medicina demuestra su ciencia.

Pero también demuestra su alma.

Carlos Canelo Barrado